HISTORIAS

DE SOÑAR A CONSTRUIR: NUESTRA HISTORIA

01/09/2025

Cómo llegamos a Parque Leloir: la historia detrás de nuestro terreno

Desde que decidimos formar una familia con Sergio, hubo un sueño que siempre nos rondó la cabeza: vivir en Parque Leloir.

No era un capricho al azar. Para mí, el parque es mucho más que un barrio. Fue el escenario de mi adolescencia (1990): pedaleadas eternas por calles de tierra, escapadas entre quintas, los primeros puchitos a escondidas con mis compañeros, las fiestas del Día del Estudiante, las de fin de año… pasar por la casa de Moria “La One” o la puerta del Indio (Del Cielito Records) … en fin, un lugar cargado de anécdotas Teenager.

Cuando me puse en pareja con Sergio (2000), porteño él y bonaerense yo, el parque volvió a cruzarse en nuestra vida. En esa época no había tantas opciones gastronómicas como hoy, pero igual nos encantaba salir a comer a alguna parrilla sobre Colectora (La Casa de Coco Restaurante Parrilla), un helado sobre Martín Fierro o a tomar algo en esos pocos, pero entrañables “lugarcitos” de la zona. Dar la vuelta al perro (en auto), entre la naturaleza, el entorno tenía magia, aunque todavía estaba medio en bruto.

La idea de comprar algo ahí estuvo siempre en la lista de deseos. Claro, el bolsillo no acompañaba y quedó guardada en el cajón de los “algún día”. Pero los sueños, cuando son fuertes, insisten.

Hace un tiempo nos lanzamos a buscar seriamente (2020): casas, terrenos, oportunidades de todo tipo. Visitamos de la mano de varias inmobiliarias, pero nada terminaba de convencernos. Hasta que apareció un lote sobre Udaondo, grande, subdividido, con mucho potencial… y con la clásica presión de la inmobiliaria: “Apúrense que hay otros interesados”.

No estábamos seguros. La ubicación, la forma, algo nos hacía ruido. Entonces pedimos recomendación: “¿Conocen algún arquitecto para consultarle?”. Y ahí apareció Matías, el arquitecto/constructor que terminaría siendo cómplice necesario en esta historia.

Tiempo después, dimos con el terreno actual “La Mediterránea”. Oficialmente lo vendían como una “casa para remodelar”, pero a nosotros no nos cerraba por ningún lado. Pasamos de largo. Sin embargo, el destino se reservaba una sorpresa: poco después, el precio bajó considerablemente. Lo llamamos a Matías para ir a verlo de nuevo y él, con esa energía arrolladora que lo caracteriza, nos lanzó su consejo estrella: “Oferta, oferta, oferta. Aunque te parezca ridículo, aunque creas que no hay chance. El ‘no’ ya lo tenés. Pero si aceptan, ¡ganás!”.

Y bueno… ofertamos.
¿El resultado? ¡Aceptaron! Y ese día empezó a tomar forma el sueño que hoy se está convirtiendo en nuestra casa. Porque cuando un lugar tiene historia, afecto y futuro… no hay oferta que lo frene.

Vimos otros arquitectos, otros proyectos, pero nos quedamos con Matías por dos razones: su actitud (esa mezcla de empuje y optimismo contagioso) y su método de construcción en seco, que nos cerraba perfecto para lo que estábamos buscando.

La decisión de mudarnos también tuvo su “empujoncito extra”: en nuestra casa actual, donde vivimos hace 15 años, se levantó un condominio enorme al lado. Imagínense, 18 departamentos, tres pisos, y todos los balcones mirando a nuestro fondo. Privacidad: cero. Fue el detonante que aceleró todo. Conclusión: “La incomodidad te obliga a moverte”

Así fue como, entre recuerdos adolescentes, paseos de domingos, parrillas al paso, arquitectos con verbalización positiva y una cuota sana de insistencia, decidimos dar el gran paso.

Algunos dicen que vivió un cura, otros aseguran que el historiador Felipe Piña escribió alguno de sus libros en el parque de nuestro terreno, ¿Quién sabe? Más pronto que tarde, escribiremos nuestra propia historia familiar.

Cuando tuvimos la primera reunión con Matías, él arrancó con la típica pregunta: “Bueno, ¿y qué quieren para su casa?” Y ahí nos miramos con cara de examen sorpresa… porque, la verdad, ni idea. Lo que sí teníamos clarísimo era lo que NO queríamos (y con eso ya teníamos medio camino hecho, ¿no?).

Desde el minuto uno pusimos el foco en algo que para nosotros es sagrado: el confort. Y ojo, no hablamos de lujos raros, sino de algo mucho más simple y vital: que la casa sea fácil de mantener, de limpiar y de vivir. Nada de complicaciones.

Al final, el proyecto empezó a hablar de nosotros mismos: una familia sencilla, sin maquillaje, sin filtros y con los pies en la tierra. Hoy lo que más disfrutamos es estar en casa, por eso decidimos que la parte social sea un gran espacio integrado, donde todo fluya.

Eso sí, también amamos la intimidad ¡seamos sinceros! Así que el área privada quedó bien definida, casi con lupa: nuestro refugio, nuestro rincón de descanso. Y entre reuniones, charlas y silencios, fuimos dibujando la casa que realmente se parece a nosotros.

Hoy estamos construyendo en Parque Leloir (2025), cumpliendo ese sueño que alguna vez pareció lejano y que ahora se convirtió en nuestro presente.